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  • muerte y esperanza

    Empiezo por el final. 

    Sí, necesitamos ayuda para digerir la muerte. No podemos soportar la idea de que vamos a morir; no podemos aceptar que nuestra gente desaparezca. La religión nos dió la solución: no hay muerte, es un tránsito hacia... ¿Hacia qué? ¡No me jodas! Desgraciadamente, hemos crecido; ni siquiera los que optamos antaño por una espiritualidad sin dogmas nos podemos creer que lo que se termina sigue. 

    Nos queda el ritual, esa materialización temporal que nos junta a los vivos para que lo inaceptable tenga algún sentido. Y ahí nos topamos con la manipulación y el cinismo. La religión capitaliza las esperanzas y el dolor cobrándose el rédito de la pervivencia. Todo ocurre bajo su copa. Cuando el dolor nos tiene destrozados, no queremos luchar, hacemos lo que sea y que pase pronto; evitamos conflictos: aceptamos. 

    Así tuve que aguantar callado que el cura de San Vicente se tomara la libertad de criticar a mi padre recién fallecido porque no frecuentaba su iglesia. Mi padre era ateo, hijo de puta, luchó contra vosotros durante vuestra cruzada nacional, sí, aquella guerra que vosotros, los cristianos, fabricasteis para proteger a vuestro dios contra los malvados demócratas. 

    No le di dos hostias porque estaba mi madre delante y no quise añadir dolor al dolor. 

    Ahora se ha ido ella. Ha dejado de vivir. Pasó media vida pagando las consecuencias de haber nacido en una familia roja y pobre. Conoció el miedo, la deportación, el exilio. Conoció la humillación de ser expulsada de su domicilio en la calle Narrica, donde nació. La guerra había terminado, el propietario era nacional, ellos eran rojos: ¡a la puta calle! mis aitonas y sus ocho hijos durmieron en la plaza Sarriegui, hasta que los familiares se repartieron aquella carga humana. 

    Hoy, esta semana, este año, esta vida, me despido de ella y otra vez de él. Pero esta vez no me siento desesperado ni humillado. Algo ha ido cambiando poco a poco; algo en las cabezas, quizás en los corazones. He visto a gente creyente, algunos practicantes, aceptar sin reservas mi decisión: no hay cura, no hay funeral. Expongo mis dudas, explico nuestra decisión; ellos aceptan y nos dan su apoyo. Es más, las empleadas del cementerio municipal de Polloe me explican con calma cómo se pueden hacer las cosas sin ninguna intervención religiosa. Y es increiblemente fácil; esto es normal: esto debería ser lo normal. Hemos pasado tanto tiempo aceptando lo absurdo que ahora nos sorprende la normalidad. Simplemente, hay un sitio donde reunirnos. 

    Uno de nosotros habla. Uno de nosotros, no un individuo que no nos conoce, un tipo en uniforme elegido por un ser supremo. Hablo. Oímos, pensamos, sentimos todos juntos. La víspera sonaron para ella el coro de una nieta y el violín de una bisnieta: ¿hay algo más espiritual que eso? Y acompañamos sus restos, símbolo de una persona ida, hacia un lugar donde siguen abundando las cruces, pero también aparecen cada vez más símbolos paganos, antes iconos de la desobediencia.   

    Con recuerdos celebramos la vida, su vida, y tomamos conciencia de lo que es la memoria; lo que nos queda, lo que nos ha dejado. 

    Era evidente; lo que importa es la memoria, el legado, lo hecho, lo dicho, lo compartido. No seríamos lo que somos si ella no hubiese estado. Ni él, ni... ¿Por qué tuvimos que inventar tantas bobadas? Quizás para que alguien les sacara beneficios. Beneficios suculentos para algunos, trágicos para casi todos. Creencia, obediencia, intolerancia... guerra, expulsión, Sarriegui...

    Por fin se está desgastando la mayor estafa de la historia de la humanidad. Gracias a los de abajo, los que antes obedecían y ahora aceptan las diferencias. 

    No hacen falta curas, no necesitamos una reglamentación para los sentimientos. Sí necesitamos juntarnos alrededor de símbolos, pero sabiendo lo que son y lo que no. Usaremos la palabra y la música, nos reuniremos y viviremos emociones colectivas que no puedan ser recuperadas por mercaderes del pensamiento.     

    Bienvenidos a la normalidad. 

    Gracias Ama. Gracias Aita.